Plaza de Armas
Jose Luis - 24-07-2005 14:35:23 | Categoria: Cartas de Sebas Ruiz
EL 29 de septiembre es el día de San Miguel y de otros dos arcángeles, Gabriel y Rafael, trasladados de fechas en esa agencia de mudanzas en plan Gil Staufer que puso el Papa para cambiar los santos de sitio y que nos equivocáramos al felicitar a los amigos.A San Miguel no lo han cambiado, sigue en el día que marcaba en Sevilla una fecha agrícola importante, la feria de San Miguel, lo que permitía a la gente campera referirse al buen tiempo como el que va «de feria a feria», de la feria de abril a esta de San Miguel. Ese día me imagino que habrá toros, si le sale del alma a Canorea cumplir con la tradición, y aparte de toros habrá todo un acontecimiento, que anuncio en tiempo y forma para los amantes de los hechos históricos. A las once de la noche saldrá de la estación de Plaza de Armas, la que los sevillanos llamamos «estación de Córdoba», el tren más triste que nunca haya salido. Será un tren más triste que aquellos dichos «de las lágrimas», que en los años cincuenta y sesenta llevaban a los andaluces a la emigración de Cataluña y de Alemania. Será un tren más triste todavía que aquellos trenes con vagones de mercancías y canciones del «Carrasclás» y de «Yo te daré, te daré, niña hermosa» que llevaban a los muchachos andaluces a la lejana muerte con nubes de los frentes norteños de la guerra civil. Ese tren, con tanta tristeza en el ruido de sus ruedas, será el Estrella Giralda. El último tren que saldrá de la estación de Córdoba. Por eso, ese día de San Miguel, después de los toros, hay que irse a la estación de la Plaza de Armas con el convencimiento de que somos testigos de un trozo de la historia de Sevilla.
Corta vida ha tenido esta estación, que creemos de toda la vida, pero que apenas cumplirá un siglo con trenes. Construida entre 1899 y 1901 por los ingenieros Santos y Suárez para la compañía MZA (Madrid-Zaragoza-Alicante), fue la gran estación moderna de Sevilla, con pinta de plaza de toros o de matadero en sus ladrillos neomudéjares, en su atrevida cubierta. La de San Bernardo, de la compañía de la competencia, los Ferrocarriles Andaluces, era más una estación de pueblo grandecita. La estación de Córdoba, que ya existió antes de este edificio, vio llegar reyes, marchar tropas, tenía cada noche algo de salón de sociedad, cuando los senadores vitalicios, las señoritas casaderas, los abogados de campanillas y los marqueses terratenientes marchaban a, Madrid en el expreso. Por la Plaza de Armas le llegó a Sevilla, muerto en Talavera, Joselito el Gallo y sería bonito poder decir, como lo digo, que por allí salió Felipe González, con una camisa a cuadros y un traje de pana, para conquistar el Partido Socialista de Llopis primero y el Gobierno de Madrid después, del mismo modo que antes había salido don Diego Martínez Barrio para hacerse cargo del Ministerio de Comunicaciones en el primer gobierno de la II República.
El tren que, en su camino hacia el Oeste, hizo grandes y poderosos a los Estados Unidos fue el mismo tren que, en su camino hacia el Sur, puso a Sevilla lo que los desarrollistas de los Lópeces llamaban «el dogal ferroviario». La estación de Plaza de Armas muere a manos de la propia grandeza del tren. Quizá no nos hemos dado cuenta, pero el tren que era el símbolo del progreso a finales del siglo XIX, entre versos de Campoamor e historias de amor en los cochescama de Wagon Lits, sigue siendo ese mismo símbolo de progreso a finales del siglo XX, en forma de Tren de Alta Velocidad. Sevilla, sin salir de las siglas ferroviarias, ha pasado del bombín y la levita de la línea Madrid-Zaragoza-Andalucía al maletín de los yupis en el AVE. El día de San Miguel, el revisor de la historia tocará 91 silbato en una estación desierta y dirá aquello tan bonito de: «¡Señores viajeros, al tren!». Iremos en tren directamente del siglo XIX al siglo XXI.
Texto escrito por: Antonio Burgos.
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